Esos ojitos
Tenía un año y medio, pero su mirada parecía de siglos; era una mirada que se detenía en el aire, como si lo analizara.
A veces se quedaba quieta, observando el vacío, como si esperara que algo invisible le diera sentido al silencio.
Su papi aún vivía, aunque su tiempo se agotaba. Solo ella lo sabía. No con palabras, que aún a duras penas pronunciaba, sino con esos ojitos tristes que se dibujaban cuando él no estaba cerca.
Nadie supo por qué, pero su papi era quien sabía calmarle el cuerpo y alma, cuando la rebeldía, la rabia o la tristeza le brotaban sin aviso. Él sabía cómo traducir su mundo.
Cuando él la sostenía, hablaba con ella y la abrazaba, su respiración se acomodaba como si recordara dónde estaba su centro.
Después, cuando él ya no estuvo, su mirada se volvió más lejana. El mundo de los adultos era ahora un mar de lágrimas extrañas. Ella los observaba, intentando descifrar por qué el aire se sentía húmedo; el miedo la abrumaba. Se preguntaba: “¿Dónde está mi papi?” Parecía que intentaba entender por qué el mundo había cambiado de forma sin avisarle. A veces daba la impresión de que buscaba algo en las caras de los demás, como si esperara encontrar un gesto que le devolviera su rumbo.
No lo decía, pero sus ojitos sabían que quien la entendía ya no iba a estar. Que su soporte se había vuelto aire. Y en ese aire, ella aprendía a sostenerse sola, con esa mirada que no era de niña sino de alguien que había visto cómo se rompe el hilo invisible entre el cuerpo y el consuelo. Aunque también sabía, sin lugar a dudas, que el hilo entre sus almas siempre permanecerá vivo.
Por: Lisseth Barres