Él, en el dije dorado
Estamos en este viaje, a cinco horas de futuro. Afuera, las banderas rojo y verde ondean en la plaza, y ese mismo contraste parece filtrarse aquí dentro, en los murmullos de una lengua que no es la mía.
La iglesia es modesta, solemne, llena de historias que no conozco. Los bancos de madera están ocupados por rostros atentos, curiosos, algunos con lágrimas en los ojos. Pienso en mi hermano y siento que su espíritu está aquí, acompañando a su hija mayor en este día que marca un antes y un después. Respiro lento y profundo; siento el vaivén de mi pecho mientras intento sostenerme por dentro.
Ella brilla. Su vestido irradia una luz que no necesita lámparas. Mi hermano, en ese dije dorado sobre su pecho, la acompaña tal como decía en vida: “yo estaré contigo siempre”. Y el joven a su lado, con ese traje oscuro que absorbe todos los colores, la mira como si el mundo se hubiera detenido justo ahí.
Ha llegado la hora.
Tomo un trago de agua, acomodo mi traje largo. La cinta brillante que cubre parte de mi cabello refleja un destello que me envuelve.
El silencio se siente.
Respiro.
Espero unos segundos...
Y cuando abro la boca, mi voz sale sola, a capella, con esas pinceladas de jazz que me acompañan incluso en un Ave María. El sonido se eleva, se expande, toca las paredes antiguas y vuelve hacia mí como si la iglesia respondiera. Mi cuerpo vibra con la emoción.
Se ven gestos tranquilos, felices, algunos ojos húmedos...
El movimiento hacia la claridad de la puerta deja ver que la ceremonia ha finalizado.
Los novios están casi listos para salir cuando el camarógrafo se acerca y me pregunta si cantaría por segunda vez. Sonrío y asiento.
Avanzo hacia el lugar. Mis rizos se mueven, y el eco de mi voz sube por los vitrales perfectamente creados en este espacio sagrado.
Brillos en los ojos, manos que se buscan, y esa presencia invisible de mi hermano cubren el lugar.
Por: Lisseth Barres